Los hábitos cumplen una función clave en la vida cotidiana, ya que posibilitan que el cerebro automatice actividades rutinarias y disminuya el esfuerzo mental requerido. Acciones como lavarse la cara al levantarse o manejar por un trayecto habitual se vuelven automáticas, lo que permite disponer de recursos cognitivos para otras tareas.
Un estudio de la Universidad Johns Hopkins publicado en Nature Communications concluyó que los hábitos pueden formarse de manera rápida y no solo tras largos períodos de repetición, un hallazgo que además apunta a una región cerebral que podría intervenir en ese cambio y abrir la puerta a modificar conductas arraigadas.
El trabajo también encontró que algunos ratones volvieron a una conducta guiada por objetivos después de haber actuado por hábito durante mucho tiempo.
Ese resultado sugiere que los hábitos podrían ser reversibles y no necesariamente permanentes.

La investigación pone en duda una de las ideas tradicionales de la psicología y la neurociencia, que sostiene que los hábitos se forman a través de un refuerzo lento y progresivo.
En contraste, los resultados sugieren que el cerebro puede cambiar rápidamente de una toma de decisiones consciente a una conducta automática.
El neurocientífico Kishore V. Kuchibhotla, autor principal del estudio e investigador del aprendizaje en humanos y animales afirmó: “Durante más de 100 años, la teoría sobre cómo se forman los hábitos ha sido la de un fortalecimiento gradual y repetición: haces suficientes repeticiones y lentamente, con el tiempo, el cerebro empieza a darse cuenta de que ‘ya no necesito estar pensando en esto’. Pero la razón por la que los científicos tienden a considerarlo un proceso gradual se debe a la forma en que lo hemos estudiado”.
Los métodos clásicos comparaban momentos puntuales del aprendizaje, uno temprano y otro tardío, pero no permitían observar en tiempo real el instante exacto en que una acción pasaba de estar dirigida por una meta a ejecutarse de forma automática.

En los diseños tradicionales, los animales aprenden una tarea mediante recompensas, y luego, cuando ya tienen acceso libre a esa recompensa y están saciados, se evalúa si siguen ejecutando la tarea. Si dejan de hacerla, la conducta se interpreta como guiada por objetivos; si la mantienen aunque ya no necesiten la recompensa, se considera habitual.
El equipo de Johns Hopkins University diseñó otro método para acercarse más a la motivación cotidiana. En vez de basarse en una fuerte privación, los investigadores trabajaron con una preferencia de sabor.
Kuchibhotla explicó: “Esencialmente, los motivamos con otra cosa: una preferencia de gusto”. Para ello, los ratones tuvieron acceso constante a agua ácida en sus jaulas, de modo que podían mantenerse hidratados aunque no les agradara especialmente ese sabor; si respondían a un sonido determinado, obtenían el agua que preferían.

Como los animales no estaban excesivamente sedientos, a veces respondían al sonido y a veces no. Los investigadores comprobaron que esa variación correspondía a una conducta guiada por objetivos: actuaban solo cuando querían el agua común.
Luego apareció el punto central del estudio. En un momento concreto, los ratones cambiaron de estrategia y empezaron a responder siempre al sonido que les daba agua, incluso cuando no la deseaban.
La autora principal Sharlen Moore, investigadora posdoctoral del Departamento de Ciencias Psicológicas y del Cerebro de la universidad, describió así ese hallazgo: “Lo que más nos sorprendió fue que nada cambió de nuestro lado. Los animales simplemente cambiaron de estrategia de una prueba a la siguiente. Captar ese tipo de reorganización rápida del comportamiento es poco frecuente”.

Los registros posteriores de la actividad cerebral de los ratones señalaron una región que podría albergar ese “interruptor”, informaron los investigadores. Para Kuchibhotla, el carácter súbito de la transición refuerza esa interpretación: “El hecho de que sea tan repentino implica que algo lo está controlando”, dijo.
El hallazgo ya dio lugar a planes para estudiar la naturaleza de ese posible mecanismo de control.
Moore añadió que el trabajo también muestra cuánto influyen los métodos experimentales sobre lo que los científicos logran observar: “Realmente muestra hasta qué punto nuestros métodos moldean lo que vemos: cuando dejamos de motivar en exceso a los animales, empezamos a descubrir aspectos del comportamiento que antes estaban básicamente ocultos”.
Kuchibhotla planteó además una posible derivación clínica o conductual del hallazgo: “Muchos hábitos son útiles porque liberan la mente para otras cosas. Pero no siempre es así. El hecho de que pueda haber un controlador significa que quizá podamos revertir hábitos desadaptativos a una conducta dirigida por objetivos”.
En esa misma línea, añadió: “En lugar de pensar que los hábitos siempre están ahí pase lo que pase, es posible que los malos hábitos no tengan que estar ahí para siempre”.
por INFOBAE
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