Por Anneke Raskin
El marco representado por la Semana Internacional de la Educación Artística de la UNESCO (que este año se celebraba entre el 25 y el 31 de mayo) nos invita a reflexionar sobre el papel del arte dentro de una cultura educativa más abierta, inclusiva y comprometida con su contexto. La posibilidad de pensar los centros escolares como laboratorios en los que continuamente se experimentan nuevas formas de aprender y de convivir (y, por cierto, también de aprender a convivir) constituye un desafío que enriquece el debate sobre el futuro de nuestra sociedad y, sobre todo, de nuestra democracia.
Esas aulas en las que confluyen seres diversos y variopintos —esto se hace más evidente, en general, en la enseñanza pública— sirven como una estimulante metáfora de la sociedad. Si entendemos el alumnado como una suma de proyectos de vida (pura potencia aristotélica), la escuela puede ser un lugar de testeo, de imaginación, de ensayo y (sobre todo) de error, y de simulación de futuros (en principio) improbables… Pues, si bien es cierto que muchas cartas ya están repartidas antes de entrar en el centro educativo, todavía podemos pensar que estos espacios de aprendizaje pueden transformar, más y mejor que ningún otro, las posibilidades futuras de cada una de las personas que por allí transitan.
La capacidad de ampliar los horizontes existenciales de esos jóvenes estudiantes se manifiesta, de manera muy clara y especial, mediante la presencia del arte en la escuela. Ahora bien, resulta fundamental, llegados a este punto, considerar la creación artística no como un terreno reservado a los genios y otros privilegiados, ni tampoco como un sistema orientado a la producción de obras maestras. El arte también se puede entender —y solo así desempeñará su máximo potencial transformador en las aulas— como un espacio de libertad, de disidencia respecto a lo inicialmente previsto, de subversivo disfrute ante la torsión de unas reglas que nunca están del todo claras… Como nos recuerda el artista Jaime Vallaure recordando los aprendizajes recibidos de ese maestro sin aula que es Isidoro Valcárcel Medina, el arte es más una cuestión de actitud que de aptitud.
Composición de Antonio Pérez y el alumnado del CEIP Huerta de Santa Marina para el cuaderno Lo que puede PLANEA
Cuando se consigue llevar al aula ese asombro, ese vértigo feliz e imprevisto que puede producirnos lo mismo el cuadro que vemos en un museo, la canción que escuchamos en el móvil o incluso ese paseo irrepetible del que nos acordamos, por alguna razón, años después… entonces el arte ha entrado en la escuela. Más que plantear la creación artística como una disciplina o una asignatura más, este extraño conjunto de prácticas puede convertirse en una herramienta idónea (y mucho más accesible que otras) para aprender a emocionarse, para pensar críticamente, para transformar la realidad y, de paso, para fortalecer la cohesión social dentro y fuera del aula.
De hecho, eso que seguimos llamando arte, con su capacidad continua de maravillarnos y de confrontarnos con lo inesperado, produce un efecto muy singular: crea un extraño vínculo entre quienes lo experimentan conjuntamente. Un grupo de gente contempla una imagen, se reúne para bailar, comenta el último episodio de una serie… pueden ser personas muy diferentes entre sí, pero esas experiencias les unen de una forma mucho más íntima de lo que resulta habitual en nuestra sociedad. ¡Incluso es posible que pongan en común lo que están sintiendo al compartir esas experiencias! Si logramos trasladar a la escuela algo de todo esto, quizá el concepto de comunidad educativa pueda redefinirse de un modo más feliz y adecuado.
También los papeles desempeñados por el profesorado, el alumnado y las demás personas que pueblan esos lugares cambian cuando el arte se vive de esa manera, es decir, como “aquello que hace la vida más interesante que el arte” (Robert Filliou). La experiencia artística rompe, pues, muchas de las jerarquías que cotidianamente ordenan nuestras vidas. O, por lo menos, las desestabiliza, las agita, las cuestiona. Esto no quiere decir, desde luego, que ya no existan figuras magistrales, de las que resulta especialmente fácil aprender, que transmiten más vivamente que otras esas actitudes de las que hablábamos más arriba. Es cierto que, si tenemos en cuenta todo lo ya expresado, deberemos extender la categoría de artista a toda aquella persona que experimente su vida con una mínima curiosidad (o hasta pasión) por lo que le rodea. Pero también es verdad que ciertos sujetos, quizás por haber dedicado ya algún tiempo a esos quehaceres artísticos, o por otras razones que nos siguen resultando misteriosas, pueden ayudarnos con sorprendente facilidad a viajar hacia lo artístico.
Imaginemos, ahora, dicho todo lo anterior, las posibilidades que se inauguran cuando una persona con las características que se acaban de describir (lo que normalmente llamamos un/a artista, vaya) penetra en el aula y comparte su práctica. E imaginemos, incluso, que esa figura (llamémosla “artista en residencia” o de cualquier otra manera) se generaliza hasta convertirse en un rasgo habitual del paisaje escolar. Contextos como el de la Semana Internacional de la Educación Artística de la UNESCO nos invitan a realizar esos ejercicios de imaginación, o tantos otros que pueden servir para ampliar nuestra comprensión del arte, de la escuela… y de la vida.
Composición de Antonio Pérez y el alumnado del CEIP Huerta de Santa Marina para el cuaderno Lo que puede PLANEA
Anneke Raskin es responsable de programas de Arte Ciudadano en España de la Fundación Daniel y Nina Carasso
04/06/2026
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