julio 17, 2026

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González Sosa y la simpatía vibratoria, en Río & Meñaka

Federico González Sosa. Por simpatía III. Río & Meñaka

Para Federico González Sosa, habitamos espacios atravesados por fuerzas que no solemos percibir de forma directa: vibraciones, resonancias, recuerdos, relatos o presencias nos influyen después de que su fuente ya no exista, resisten como residuos de una experiencia pasada. En acústica, el fenómeno tiene por nombre simpatía vibratoria y, más que un principio físico, alude a una manera de plantear las relaciones que unen a los seres, los objetos y los lugares.

«Por simpatía III», la muestra que ahora presenta en Río & Meñaka, hasta agosto de 2026, responde a esa lógica de transmisión. El artista despliega una instalación que adopta la forma de una operación a corazón abierto: exhibe pianos desmontados y despojados de su mecánica hasta revelar su estructura más íntima, esto es, la tabla armónica, que es su órgano esencial. La veremos como cuerpo autónomo capaz de recibir, transmitir y modificar las vibraciones que la atraviesan, como una presencia superviviente que continúa actuando pese a carecer de la funda del instrumento.

Dispuestas en el espacio de esta galería madrileña, las tablas armónicas parecen dialogar unas con otras: articulan un campo vibratorio móvil que va más allá de sus límites físicos para transformar la arquitectura del lugar y el resto de obras allí. El sonido, por tanto, deja de ser un fenómeno audible sin más para convertirse en una fuerza de propagación que circula entre las materias y las superficies.

Se nutre González Sosa en esta propuesta del simbolismo del piano. Transmitidos de generación en generación, los reciclados que aquí parcialmente nos llegan acumulan relatos y usos. Cada uno lleva las marcas de esa existencia larga en su madera, en las deformaciones de su materia, estigmas que vienen a modificar su resonancia.

Las arquitecturas de este instrumento cuentan, igualmente, su propio relato: cada tabla armónica conserva las huellas de la tensión constante de las cuerdas, los desplazamientos, las reparaciones y las transformaciones sucesivas. Y esa memoria material se vincula con otra forma de memoria: la de los sonidos, porque, activadas por transductores, estas tablas son atravesadas por composiciones construidas a partir de grabaciones de campo, archivos sonoros, conversaciones y recolecciones personales. A estos fragmentos se suman las últimas notas tocadas en cada uno de los pianos antes de su desmantelamiento. Resuenan como una despedida: un último aliento dirigido al instrumento antes de que su cuerpo sea abierto.

La memoria, de este modo, ya no aparece como un contenido fijo ni como un simple acto de conservación, sino como un proceso de reactivación. Las vibraciones llevan consigo fragmentos de pasado, hasta hacer de cada tabla armónica el punto de encuentro entre una memoria heredada y otra recompuesta.

En Río & Meñaka pasearemos entre esqueletos acústicos que no son del todo instrumentos, sino cuerpos intermedios, suspendidos entre arquitectura y memoria, o entre presencia y ausencia. Atravesados por vibraciones invisibles, vertebran un espacio en el que los fenómenos se manifiestan menos por lo que muestran que por los efectos que suscitan.

En el fondo, la asociación entre el piano y la presencia espectral no es rara en nuestro imaginario colectivo, puesto que el piano ha sido en el arte y el cine la herramienta con la que una presencia se manifiesta: una nota resuena en una habitación vacía, una melodía brota sin intérprete. Lo que nos perturba no es el sonido en sí, sino la ausencia de una fuente identificable. Esta exposición reactiva ese desplazamiento, pero haciendo provenir al sonido directamente de la materia, como si el espacio como tal se hubiera vuelto resonante.

Federico González Sosa. Por simpatía III. Río & MeñakaFederico González Sosa. Por simpatía III. Río & Meñaka

Federico González Sosa. Por simpatía III. Río & Meñaka

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