OPINIÓN | Por Felipe
Egaña, socio de JUNTOS
Hay que partir de una
realidad cruda, que en Chile conocemos muy bien: Obtener el apoyo de fondos
públicos o capital privado no garantiza el financiamiento total para concretar
una película.
En un entorno regional
donde la inversión privada en cine es escasa y las fuentes de financiamiento
local son limitadas, la coproducción internacional aparece como una necesidad a
la hora de armar un plan financiero sólido. Sin embargo, reducir este modelo a
una dimensión netamente utilitaria es quedarse en la superficie.
Normalmente, el
interés de coproducir nace de dos incentivos: completar el financiamiento y
lograr que la película sea atractiva en otros mercados.
Pero el beneficio
mayor y más duradero que hemos descubierto en JUNTOS va más allá de resolver
los números de una película en particular: se trata de la construcción de
relaciones a largo plazo.
Producir y distribuir
cine independiente en Latinoamérica es un oficio hermoso, pero también
sumamente hostil. En medio de esa tormenta, uno empieza a buscar aliados y así
es como se generan lazos con empresas amigas en otros países, otras productoras
con las que compartimos la forma y el tipo de cine que queremos hacer.
Es un ejercicio que
requiere mucha confianza, afinidad y observación. Entregarle un proceso
artístico, en el que has trabajado por años, a un equipo en el extranjero para
que realice la postproducción de sonido o imagen, por ejemplo, implica soltar
el control y confiar en su criterio. Y de vuelta, cuando recibimos la película
de alguien más, el desafío está en entender su proceso artístico y de
producción para integrarse y ser realmente un aporte.
Ese intercambio nos ha
permitido consolidar alianzas con otras productoras de la región
como Whiskey Content (México), coproductores de Oro
Amargo e Inmersión; o con Animal de Luz, con quienes acabamos de
rodar 7 VECES 7 y ya perfilamos nuevos proyectos; o con Jaque
Content (Argentina), a cargo de la postproducción de Plata Fresca;
además de proyectos en desarrollo con Ferviente (Colombia).
Es fácil equivocarse
en este mercado porque todos tienen ganas de coproducir, pero los años te enseñan
a olfatear mejor: al final del día, uno tiene que perseguir buenos socios
antes que buenos negocios. Aprender a elegir también implica saber poner
límites.
Hubo una época en el
cine latinoamericano donde las coproducciones forzadas desnaturalizaban las
películas con tal de cumplir con un fondo europeo (el típico ejemplo de la
exploradora española que aparecía hablando perfecto madrileño en medio de la
selva). Hoy, afortunadamente, el ecosistema latinoamericano nos permite cuidar
la esencia y la solidez discursiva de nuestras historias.
Es cierto que las
coproducciones son necesarias para asegurar un estándar de calidad y ciertas
aspiraciones artísticas. Pero la lección más grande nos la da el oficio, más
que el financiamiento. Hemos crecido enormemente al ver cómo diseña un rodaje
un equipo mexicano, cómo mezcla un estudio en Alemania, cómo escribe un
guionista colombiano o cómo trabaja una vestuarista uruguaya. Ese cruce de
miradas, talentos y culturas es el que madura los proyectos y les permite
resonar en más lugares.
Hoy entendemos que no
todas las películas se tienen que coproducir; cuando no lo hacemos, es una
elección consciente y no una consecuencia de las circunstancias. Pero cuando
decidimos cruzar la cordillera, lo hacemos convencidos de que alineamos
creencias: el tipo de cine que queremos hacer, el por qué lo hacemos y, sobre
todo, el viaje que queremos disfrutar con los compañeros que elegimos para esta
ruta.

Más noticias
de la herencia del diseño teatral a las atmósferas gélidas de JUNTOS
Las postulaciones no son azar, es el orden lo que permite que ocurra el cine
Lo que estamos tejiendo en JUNTOS