

Ten mucho cuidado cuando describas cómo se hace algo, cómo adquiere su forma, porque el proceso no debe soslayarse. El modo de lo que hacemos nos define.
Este año hace diez de la publicación, en Seix Barral, de El oro blanco, la obra literaria de Edmund de Waal más vinculada a su propia actividad como ceramista: este autor inglés realiza fundamentalmente -y así lo explica en este libro- instalaciones elaboradas con múltiples vasijas de porcelana ideadas específicamente para lugares concretos. Su texto más difundido es anterior: se trata del encantador La liebre con ojos de ámbar: una herencia oculta, en el que narraba la historia de su familia, con ramificaciones en varios países europeos, a partir de una colección de miniaturas japonesas, las netsuke, transmitidas a lo largo de cinco generaciones.
El oro blanco lleva por subtítulo Historia de una obsesión, aunque todos los libros de De Waal arrancan de ellas: trabaja -narra- a partir de archivos y cartas, de memorias y viajes, nutriéndose continuamente del pasado y poniendo al lector, con bastante verismo y buen hacer, en los zapatos, en este caso, de alquimistas, reyes, coleccionistas y artesanos que, en siglos más y menos remotos, pelearon, a veces de forma literal, por hallar la fórmula de la porcelana. Su periplo y nuestro libro comienzan en China, en Jingdhezen, y hace mil años -en este país la trabajaron dos siglos antes que en Europa-, para presentarnos, a continuación, a quienes primero la fabricaron en Inglaterra (William Cookworthy y Josiah Wedgwood); al monarca que se obsesionó con ella cuando Dresde fue la Florencia del Barroco (Augusto el Fuerte); a los científicos alemanes que hoy consideramos artífices primeros de esta disciplina en nuestro continente (Johann Friedrich Böttger y Ehrenfried Walther von Tschirnhaus) y a los obreros forzados que elaboraron estas piezas con denuedo tanto en la Alemania nazi, en la fábrica Allach impulsada por Himmler, como en la China de Mao.
Conjuga De Waal el trazado de esa historia de la porcelana y de su expansión desde Oriente a Occidente con reflexiones sobre el simbolismo de su tonalidad blanca y de la extraordinaria meticulosidad que ha implicado por sus hacedores, en parte debida a la casi obligatoriedad de los pequeños formatos (Hacer piezas grandes de porcelana no debería ser posible. Es un material con tendencia a ceder, y juntar secciones diversas complica el asunto, porque toda juntura es frágil por definición (…). No hay alfarero que no sepa esto, pero el atractivo de hacer algo enorme con la porcelana parece inagotable). También con disgresiones sobre su propia carrera, desde los aprendizajes y torpezas iniciales hasta esas vasijas depuradas en las que, precisamente por influencia asiática -japonesa-, se atrevía a incorporar variaciones y muescas sutiles que concedían expresividad a las formas clásicas.
La erudición del artista es vastísima, y puede avasallar al lector interesado sólo superficialmente en la cerámica, pero tanto sus conocimientos como su talento recreando episodios y personajes históricos nos ayudan desde luego a comprender por qué la porcelana fue perseguida cual tesoro, por qué nunca ha dejado de atraer a tantos y por qué en su pasado se entrelazan, al margen de artesanos y mecenas, filósofos como Burke o Leibniz. En su relato convergen los poderosos y los anónimos, reunidos en torno a un material, una tonalidad y un misterio.
TÍTULO: El oro blanco. Historia de una obsesión
AUTOR: Edmund de Waal
EDITORIAL: Seix Barral
IDIOMA: Castellano
PÁGINAS: 523 pp
PRECIO: 24 euros
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