mayo 1, 2026

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autoría y creatividad en tiempos de inteligencia artificial

 Por
Agustina Davis Komlos, académica de derecho UNAB.

Casi
desapercibido pasó, salvo entre los que nos dedicamos a esto, que abril es el
Mes de la Propiedad Intelectual. Sin embargo, en un mundo donde una idea puede
replicarse millones de veces en segundos, su sentido nunca ha sido más actual.

Históricamente,
hemos entendido la propiedad intelectual como un mecanismo para proteger a
autores, inventores y creadores. Un reconociendo, como consecuencia de trabajo
que se refleja en una creación de la mente.

Hoy,
la cosa no es tan simple, pues la tecnología no solo ha facilitado el acceso a
la cultura y la información, sino que también ha diluido las fronteras entre
autor, copia y transformación.

Las
plataformas digitales han redefinido el significado de crear. Una canción puede
convertirse en miles de versiones en redes sociales; una imagen puede ser
reutilizada, modificada o reinterpretada sin que su origen sea siquiera
reconocible.

Y
más recientemente, la inteligencia artificial ha introducido una pregunta aún
más compleja: ¿qué ocurre cuando las máquinas crean a partir de millones de
obras humanas preexistentes?

En
este contexto, la propiedad intelectual enfrenta un doble desafío: por un lado,
es esencial para garantizar que quienes crean puedan obtener una retribución
por su trabajo. Por otro lado, sabemos que un exceso de rigidez puede
obstaculizar precisamente aquello que busca proteger: la innovación, que muchas
veces surge de la reinterpretación, la mezcla y el diálogo entre ideas.

Entonces
¿Qué valor le asignamos hoy a la autoría? ¿Qué significa “ser original” en un
ecosistema donde todo parece estar conectado con algo previo? Y quizás más
importante aún: ¿cómo equilibramos el derecho a crear con el derecho a acceder,
aprender y transformar?

Instituciones
como la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual han promovido
históricamente este equilibrio, pero las reglas del juego están cambiando más
rápido que las normativas.

La
tecnología avanza a una velocidad que obliga a repensar no solo las leyes, sino
también nuestras propias intuiciones sobre justicia, mérito y creatividad.

Tal
vez el mayor riesgo no sea que la propiedad intelectual desaparezca, sino que
pierda relevancia frente a prácticas que la desbordan constantemente. En un
entorno donde copiar es trivial y compartir es instantáneo, defender la autoría
requiere algo más que normas: exige una conciencia colectiva sobre el valor de
crear.

Así,
en tiempos de copia infinita, proteger la propiedad intelectual debería ser un
acto de reconocimiento. Porque, al final, no basta con preguntarnos quién tiene
una idea, sino si aún sabemos reconocer. 

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