Madrid,
La semana que comenzamos celebrando el Día Internacional de los Museos la ha culminado el Prado recordando que el rol de aquellos con colecciones de las dimensiones y relevancia de la suya trasciende la preservación, la difusión y la educación para alcanzar también el de la investigación y el estudio de periodos, obras y artistas que han recibido hasta ahora atención insuficiente.
Por eso Miguel Falomir ha calificado hoy no sólo como excelente, sino también como necesaria, la muestra que desde el próximo lunes podrá visitarse en sus salas y que ha comisariado Joan Molina: “A la manera de Italia. España y el gótico mediterráneo (1320-1420)”. Se trata de una exposición compleja y de tesis; buena parte del centenar de obras de las que consta proceden de instituciones religiosas y no de museos, y en ocasiones casi nunca se habían expuesto, de ahí que veintiuna de ellas hayan sido restauradas para la ocasión y dos de ellas hayan, literalmente, revivido con esa labor: nos referimos a las tablas dedicadas a los apóstoles Simón y Mateo por Gherardo Starnina y procedentes de la Catedral de Toledo.
Hablando de restauraciones, ha señalado hoy el director del museo que el Prado ha restaurado en el último lustro ciento sesenta y siete obras no propias, de toda naturaleza, bien llevando a cabo la intervención en sus instalaciones o bien facilitando su financiación. Tres cuartas partes de ellas corresponden a fondos de instituciones públicas y el cuarto restante a organizaciones religiosas; los mismos porcentajes se aplican a la proporción de pinturas y del resto de disciplinas: esculturas y artes decorativas.
Regresando a la exhibición, con un montaje concebido con mimo para invitar al espectador a miradas cruzadas entre piezas que se relacionan por motivos iconográficos y formales, profundiza en la relevancia de los intercambios culturales y artísticos en el Mediterráneo europeo en el siglo XIV y principios del XV, haciendo hincapié en la relevancia de los viajes de artistas en esta área y de Avignon, Génova o Valencia como núcleos cosmopolitas esenciales para la consolidación de esas mutuas influencias.

Nos esperan en el Prado trabajos de enorme viveza cromática y formas de narratividad incipientes en las que la utilización casi continua y virtuosa del dorado, con implicaciones estéticas y simbólicas, genera efectos estéticos muy particulares, que no volverían a repetirse. Reivindica esta exhibición, en palabras de su comisario, que la repercusión contundente de la cultura italiana en el resto de Europa, y fundamentalmente en España, no comenzó en el Renacimiento y que, de hecho, los ecos del Trecento se dejaron sentir en nuestro país antes que en cualquier otro lugar, por nuestras fuertes relaciones políticas y comerciales y también por una abierta receptividad.
Fundamentalmente en las regiones mediterráneas, pero también en el interior, recalaron maestros toscanos -no sólo pintores, también orfebres, iluminadores, escultores- en buena medida “a través del puente de Avignon”, entonces sede papal y también residencia de un buen número de artistas italianos, entre ellos Simone Martini y Matteo Giovanetti, que participaron en la decoración del Palacio de los Papas. Por tanto, muchas de las novedades italianas cruzaban los Pirineos matizadas por rasgos del gótico francés; otras, las de tradición giottesca y bizantina, llegarían vía Génova y no tardarían en seducir a los comitentes patrios, que es fácil imaginar fascinados ante los cabellos sugeridos a partir de hilos de oro o ante ropajes de la Virgen trazados con micropuntadas bordadas.
En nuestro país esos modelos serían traducidos y adaptados por figuras como los Bassa o los Serra, Joan Loert, Miquel Alcañiz o Pedro de Córdoba hasta que, en un caso de no tan peculiar tornaviaje, el arte español de esas fechas tendría su impacto en autores italianos, convirtiéndose los códigos trecentistas en una suerte de lingua franca en la que cabían adaptaciones y versiones, constantes ejercicios de hibridación y síntesis que afectaban tanto a temas como a técnicas. La peste negra, que causó la muerte a varios artífices, no llegó a lastrar esos vínculos.
En el caso de las aportaciones hispanas a los modelos italianos, éstas tienen que ver con los formatos de la pintura sobre tabla, sobre todo con los grandes retablos que presidían nuestros templos y que se reivindican en “A la manera de Italia” como máquinas escenográficas. En ellos el oro emuló texturas lujosas y suscitó a un tiempo experiencias simbólicas y ópticas.

Y en el breve reino de Mallorca tuvieron lugar algunos de esos primeros ensayos de fusión de fórmulas artísticas; entre otros, y tan tempranamente como en las décadas de 1330 y 1340, por Joan Loert, el Maestro de los Privilegios, que trabajó en Perpignan antes de hacerlo, en la isla, para la corte de Jaime III, el obispo Berenguer Batle y distintos oligarcas. Pintor e iluminador de manuscritos, tuvo una actividad tan importante como para requerir varios colaboradores.
Otras figuras esenciales son las de Jaume Ferrer Bassa y su hijo Arnau, que serían, ambos, víctimas de la epidemia citada. El primero probablemente viajó a Siena y conjugó la impronta de su pintura con las del gótico lineal y el bizantinismo. Su lenguaje, más sofisticado que el de Loert, recibió el respaldo de la corona de Aragón: Pedro IV y los miembros de gremios más poderosos lo contrataron en varias ocasiones.
Arnau heredó el lenguaje de su padre, conoció bien la obra de Martini y sus seguidores y buscó abiertamente la innovación y la tridimensionalidad; fue uno de los primeros maestros de la manipulación técnica del oro. A Ferrer le debemos el delicadísimo Políptico Morgan; a su sucesor, el gran retablo de san Marcos y san Aniano procedente de Manresa, que anticipa la monumentalidad y unidad de estas piezas desde el Renacimiento.
A la muerte de ambos, mantendrían vivo su legado Ramón Destorrents, creador junto a los anteriores de un original temple de Santa Ana enseñando a leer a la Virgen que se conserva en el Museu Nacional de Arte Antiga de Lisboa y que en un principio se encontraba en el Palacio de la Almudaina.

Se concede una sala propia en la exposición a Barnaba da Modena, que a mediados del siglo XIV encabezó un taller genovés en el que convergían fórmulas trecentistas boloñesas y sienesas y otras bizantinas; desde esa ciudad de Génova, y por vía marítima, sus trabajos surcaron el Mediterráneo. Los tres que veremos en el Prado llegaron a Murcia, dos de ellos demandados por Juana Manuel, esposa de Enrique II de Castilla (el dossale de la Virgen de la Leche y las puertas laterales de un tríptico) y el último quizá por Fernando Oller (el políptico de santa Lucía).Su exotismo respondía bien al deseo de novedades de los partidarios de los Trastámara.

Los temas transalpinos serían reelaborados para responder al gusto hispano, como apreciaremos en la reelaboración de una Verónica de la Virgen de influencia romana y que perteneció a Martín I de Aragón -atribuida a Bartomeu Coscolla, muy copiada y tenida por acheiropoieta, no salida de mano humana sino de la inspiración divina- o la de la Virgen de la Humildad, según los prototipos ideados por Martini en Avignon.
Tras contemplar piezas muy sugestivas, y apenas vistas, con origen en el convento de santa Clara de Palma, admiraremos el manejo elegante del oro en su conjunción con el pigmento de Jaume y Pere Serra, ambos figuras influyentes en cuanto a la consolidación de la tipología de los grandes retablos como soporte para la narración de relatos y el itinerario devocional. Sobresale el de san Julián y santa Lucía, para el monasterio zaragozano de la Resurrección.


Las técnicas son una línea argumental importante en la exposición (casi antiPrado, ha dicho Molina, por alejarse el imperio del óleo sobre lienzo dominante) y cuentan con sección propia donde se despliegan bordados de hilos de plata y oro, esculturas policromadas y doradas, esmaltes translúcidos, objetos de hueso tallado y taracea.
Y el último capítulo de la exposición lo protagoniza un artista peculiar que encarna la bidireccionalidad de las influencias artísticas en las que se sumerge este proyecto: el toscano Gherardo Starnina, aún tosco en su primera etapa italiana, extraordinariamente refinado mientras trabajó, después y desde Valencia, para las coronas de Castilla y Aragón (como supo ver observar Vasari) y, por último, renovador del tardogótico florentino admirado por Lorenzo Monaco y Fra Angelico; un excepcional frente con Vírgenes de los tres culmina el recorrido. Con ellos comenzó otra historia y finaliza una exposición descomunal y reveladora.

“A la manera de Italia. España y el gótico mediterráneo (1320-1420)”
Paseo del Prado, s/n
Madrid
Del 26 de mayo al 20 de septiembre de 2026
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