julio 21, 2026

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Cecilia Vicuña en el Castello di Rivoli, el glaciar y el quipu

Hace siete años, la chilena Cecilia Vicuña recibió el Premio Velázquez por su producción como poeta, artista visual y activista, que ha desplegado un arte multidimensional en el que interactúa con la tierra, el lenguaje escrito y los tejidos, y por ser dueña de una poética especial en la que se cruza la conciencia ecológica, la ciudad y la institución artística.

Ese galardón, y la muestra que dos años más tarde le dedicó el Centro de Arte Dos de Mayo de Móstoles, nos sirvieron para conocer mejor a esta autora chilena, que desde los ochenta reside en Estados Unidos y que trabaja entrelazando lenguajes, medios y técnicas en proyectos que tienen que ver con el erotismo, los legados coloniales y el indigenismo, la noción de felicidad colectiva y la devastación medioambiental. Sus formatos más habituales son las instalaciones y pinturas que remiten a lenguajes de la cultura indígena, aunque fue el golpe de Estado de 1973 en Chile el que le impactó hondamente en sus años de formación.

Vicuña cree en el aspecto curativo y ritual del arte y en que su función no es ni colonizar ni dominar, sino impulsar el cambio de estructuras sociales y afectivas, también de nuestro comportamiento hacia la naturaleza. Sus primeros ensamblajes, realizados en los sesenta, fueron arrastrados por las olas y la brisa marina, pero, frente a los autores vinculados al land art, su producción temprana no pretendía responder a los debates sobre los retos de la modernidad, la institucionalidad o el mercado; sus composiciones no eran ejercicios minimalistas tempranos ni esculturas expandidas. Desde parámetros más sencillos, tomaba elementos de la playa -maderas, rocas, plumas- y los disponía en la orilla del mar en un acto humilde de comunicación con la naturaleza, como si se tratase de ofrendas sagradas. En su precariedad, las consideraba metáforas espaciales o poemas multidimensionales y le permitían, desde su punto de vista, desenterrar los significados y las fuerzas de los elementos marcados como descartables por nuestra sociedad orientada al consumo. La delicadeza, como la de esas piezas, es un aspecto integral en su obra, aunque implique la efemeridad de algunas de sus propuestas.

Esa cualidad forma parte de los textiles y cordones anudados propios de los tejidos andinos. El Quipu, de hecho, es un sistema de escritura con nudos e hilos de colores que fue creado en los Andes, hace más de 5.000 años, y que Vicuña conoció cuando era adolescente, viviendo en Chile. Estuvo en uso hasta la conquista española en el siglo XV y a ella le ha interesado retomarlo, valiéndose de lana sin hilar que simboliza el estado todavía no del que brota casi todo. Cuando la gente lo atraviesa, ellos mismos se convierten en “nudos”, portadores de la memoria, integrantes de un poema en el espacio.

Maneja Vicuña una comprensión cíclica del acto creativo que se manifiesta a través del retorno de ideas que no existen como objetos finales, sino como ensayos, como lo son sus quipus desde los sesenta: tejidos y ensamblajes que parecen activar la memoria de civilizaciones antiguas: santuarios, ídolos, templos y tumbas.

En aquella misma época, ella comenzó a pintar bajo la influencia de la pintura andina y mestiza que se produjo en la Escuela Cuzqueña en los siglos XVI y XVII, en la que los tipos iconográficos del arte europeo aludían en ocasiones a las creencias andinas. También resultó significativo su encuentro con la pintora Leonora Carrington en México en 1969: tras conocerla, incorporó a su trabajo mujeres desnudas que protestaban en las calles, referencias al animismo, a la filosofía andina, el folclore y los mitos populares. Aunque algunas de esas imágenes se expusieron en museos y fueron reconocidas, otras también suscitaron controversia, como Ángel de la menstruación (1973).

Tras establecerse en Londres en 1972 gracias a una beca para estudiar pintura, y conmocionada por el golpe de estado de Pinochet el 11 de septiembre de 1973, la artista tomó distancia de sus pinturas de armonía entre animales y humanos para adoptar un rumbo de agitación y luto, más abierto a otras disciplinas. Empezó a situar al espectador en el centro de su obra con el objetivo de reorientar su visión; en algún caso, de ver a través de los ojos de Allende. Junto a otros artistas e intelectuales internacionales, donó y creó obras en apoyo a la lucha chilena por restaurar la democracia; también acciones: desde la manifestación masiva en Trafalgar Square hasta collages y pinturas que pedían revertir el orden colonial, también en Vietnam. Una de sus pinturas más importantes es, en este sentido, Chile Salutes Vietnam! (1975), que presenta a una mujer indígena mapuche y a una miliciana vietnamita en un profuso paisaje de plantas y flores, intercambiando un fusil y un libro rojo titulado La revolución de agosto – el nombre del alzamiento revolucionario vietnamita en contra del gobierno colonial francés en 1945–.

Además, desde 1973, la artista ha creado collages, dibujos y acciones para la serie Palabrarmas. Producida en su mayor parte entre Londres y Bogotá, sugiere paradojas sin resolver entre el arte y la política revolucionaria. A través de la representación de las palabras como armas, la artista aboga por la dimensión transformadora del lenguaje en la lucha contra las dictaduras; las palabrarmas son palabras que han sido abiertas para explorar sus significados, revelando un espacio para el desarrollo de la imaginación y la transformación. Esta noción de apertura se enfatiza por medio de la imagen de la pala que remueve el lenguaje como si fuera tierra para labrarlo, en el sentido doble de trabajarlo y cultivarlo.

Cecilia Vicuña. Canoa de luz (Canoa di luce), 2000. Casa del Conte Verde, Rivoli-Torino

Su primera exhibición italiana, comisariada por Marcella Beccaria, puede visitarse este verano en el Castello di Rivoli piamontés y lleva por nombre “El glaciar ido“ y contiene un proyecto precisamente labrado y trabajado para ese espacio y sus salas longitudinales. Se trata de un quipu acostado, una instalación horizontal suspendida a diferentes alturas que hace referencia a aquellas cuerdas anudadas que se utilizaron como sistema para registrar información, incluyendo datos administrativos, astronómicos e histórico-narrativos. Al hacer referencia directa a este tipo de artefacto, los quipus contemporáneos de Vicuña se convierten en instalaciones ambientales inmersivas que trascienden el espacio y el tiempo y están ejecutados, por cierto, con lana cruda, sin procesar, que se desenrolla y ensambla, produciendo impactantes arquitecturas aéreas.

Este glaciar evoca la transitoriedad, el paso del tiempo, el movimiento de elementos naturales como el hielo, el agua y el viento, y el impacto de la presencia humana en el entorno; desde su mismo título, Vicuña busca su relación con el agua a modo de recuerdo de los antiguos glaciares, ahora extintos, que antaño dominaban el paisaje del Valle di Susa, donde se ubica el Castello, cercano a Turín. Y no veremos en su tejido nudos, porque su ausencia nos habla de la pérdida gradual de la memoria y el cuidado en la sociedad de hoy, así como de los desaparecidos —víctimas de la dictadura chilena o de cualquier otro sistema represivo-.

La exposición incluye obras en vídeo, con el fin de incorporar al proyecto imágenes, sonidos y canciones que han sido parte integral de la práctica de la chilena desde sus inicios, y también poesías escritas específicamente por la artista y presentadas como poemas murales.

Esta exposición, pese a ser su primera individual italiana, supone un importante regreso de Vicuña al Castello, la institución que presentó por primera vez su obra en aquel país en el año 2000, dentro de la exposición colectiva “Quotidiana“. El proceso de preparación de esta muestra implicó la participación de comunidades locales que recolectaron pequeños fragmentos de desechos en las orillas de los canales y cuerpos de agua cercanos, incluidos los lagos Dora Riparia y Avigliana. Mediante un taller organizado en colaboración con la Accademia Albertina di Belle Arti de Turín, estos materiales se transformaron en una instalación efímera al aire libre, que esta autora confió a la creatividad de un grupo de estudiantes.

Cecilia Vicuña. El glaciar ido. Castello di Rivoli

 

 

Cecilia Vicuña. “El glaciar ido“

CASTELLO DI RIVOLI

Piazza Mafalda di Savoia

Rivolí, Turín

Del 29 de abril al 20 de septiembre de 2026

 

 

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